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Por fin, por el este, irrumpen los húngaros. Cruzaron a caballo el sur de Rusia, y avanzaron hacia las tierras del Danubio medio donde, aprovechando la destrucción del imperio avaro a manos de Carlomagno, se instalaron. Desde allí, base de sus operaciones, sus ataques se dirigieron hacia Lombardía, Baviera, Suabia, pero sin desdeñar la búsqueda de fortuna hacia el Atlántico, o asomarse al Mediterráneo por el Languedoc.

En esta situación se hallaba Europa, en una edad que muchos han llamado oscurantismo, sin llegar a ver más allá de esa palabra; sin darse cuenta que tras esa bruma salvaje, indómita e inhóspita que la caracteriza, surgió una casta de hombres de voluntad férrea, que forjaron culturas propias, y cuya esencia aún sustenta la sociedad de hoy día.

En la antigua Hispania, al norte, de la resistencia de los montañeses al dominio musulmán, había surgido un reino que tomó el nombre de Asturias: en el momento que nos toca era gobernado por Ordoño I. En el 856, este rey expandió las fronteras repoblando al sur el otrora campamento de la Legio VII Gemina, la ciudad que medio siglo después serviría de capital a la monarquía: León.
No sin temor, Ordoño mantenía la mirada vigilante sobre el audaz caudillo muladí Muza, vencedor de cordobeses y de francos, que había erigido un reino en frontera con el de Oviedo.
Bajo esta estabilidad precaria era gobernada Oviedo. Centrado en los peligros peninsulares, Ordoño poco podía imaginar la amenaza que surgiría del Atlántico. Así, dos años después de la expedición del Manto Púrpura que aquí relatamos, se produciría un desembarco vikingo, en el estío de 858.


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