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nno Domini 856. En la sombría Europa tres imperios aún intentaban resistir los envites de la fortuna. Por un lado, el más antiguo de ellos, el Bizantino, que recogía mejor que nadie la tradición de la antigüedad y supo prosperar con los nuevos tiempos; a través de la cortina de opulencia que le envolvía todavía eran patentes los rescoldos del conflicto iconoclasta.
Luego, hemos de pensar en los carolinos, en retroceso, apenas creían haber progresado de las tinieblas que todo parecía volverse contra ellos. Ya no estaba Carlomagno, el unificador, el espíritu indomable que llevó al esplendor a los francos.
Más al sur, lejos de la soñadora Constantinopla, o del eterno mar de árboles que cubría al Imperio Carolino, estaba el Islam, cuyo rápido avance arrollador no había encontrado eco anteriormente en la historia. En aquellos tiempos, muchas tierras y pueblos eran guiados por los dogmas de Alá.
Pero la estabilidad no es algo que caracterice a la Edad Media, y para desgracia de quienes creían haber logrado cierta seguridad ante la dureza del mundo, llegaron las segundas invasiones. Aparecieron de repente, por todos los horizontes.
Primero los escandinavos, que arremetieron en el Atlántico con inusitada furia. Ya en el 793 habían hecho su primera aparición en suelo inglés, asolando el monasterio de Lindisfarne; desde el 809, el Canal de la Mancha era objeto de su domino, y las tierras que bañaba el océano teatro de sus rapiñas. En la época que nos concierne, nadie se atrevía a discutir su autoridad sobre las aguas, y en tierra pocos se aventuraban a hacerles frente.
Al sur, las cosas no se pintaban más favorables: los gobernantes de Ifriquya, los aglabíes, hicieron del Mediterráneo un mar musulmán, donde los cristianos temieron adentrarse. No hacia mucho que habían aparecido en el mismo San Pedro de Roma. Los musulmanes españoles, siguiendo su ejemplo, realizaron afortunadas correrías por las costas italianas.
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